DIARIO DE UN LABRADOR


Hasta los 14 años viví en el pueblo y mi familia eran labradores. Desde muy niño en vacaciones acompañé a mi padre en las faenas del campo y la era. Esto me ha permitido escribir sobre el oficio de mi padre labrador.
















La Muela de Alarilla El Colmillo y el pueblo de Hita
Foto: Rafael Sanz Lobato
Premio Nacional de Fotografía 2011







LUIS TARACENA, EL LABRADOR




Mosaico que presidía la entrada de los pueblos de labranza


EL OTOÑO: La vendimia





Todos los años por septiembre, después de la fiesta del pueblo, con un mes de retraso, se cumplía la sentencia de un refrán que decía: “Para Santiago y Santa Ana pintan las uvas y para la Virgen de Agosto ya están maduras”. Eran los días en los cuales comenzaba la escuela para los chicos del pueblo. No obstante los labradores aprovechaban cualquier momento para que sus hijos aún pequeños, se iniciaran en las faenas del campo. La vendimia era una de las tareas que más agradaba a las gentes del pueblo, grandes y pequeños. Cortar las uvas y llevarse a la boca alguna garpa sobre la marcha, antes de echar el racimo a la banasta, hacía más divertido el trabajo. Algunas sorpresas podían hacernos pasar un mal rato. Las avispas no estaban muy conformes con la amenaza que suponía, para su alimentación, la recolecta de la uva y nadie estaba libre de su aguijón. La terapia popular más a mano era el buscar barro o cieno y aplicarlo sobre la zona afectada. De regreso al pueblo se aplicaría sobre el picotazo amoniaco; teniendo mucha precaución por el poder anestésico y tóxico que tenía. Cuando se barruntaba la hora de comer, uno de los vendimiadores se posicionaba orientado hacia el Pico del Ocejón, situado al norte del pueblo. Con los brazos extendidos hacia adelante y con las manos unidas por las palmas, improvisaba un auténtico reloj de sol. Cuando la sombra proyectada por los brazos y su prolongación imaginaria alcanzaba la citada cumbre, entonces era el medio día. Aunque este sistema de medir el tiempo marraba a veces, las yuntas regresaban al pueblo a la misma hora que los chicos solíamos salir de la escuela, coincidiendo con el reloj de la torre al dar la una. Una vez acordado que hacíamos un alto en el tajo, decidíamos prepararnos para comer. Acudía a nuestra memoria entonces, el repetido tópico de antaño sobre qué llevar de fruta para después de comer: “Nadie habrá sido tan tonto como Abundio, que fue a vendimiar y se llevó uvas de postre”. Se decía. Y todos pensaban en un hombre del pueblo que así se llamaba, pero que nunca había pisado una viña. Chanzas a parte, la recolección de la uva seguía su marcha y se acarreaba en cuévanos de mimbre, sobre carros tirados por mulas hasta los cocederos. Pisaban las uvas y recogiendo el mosto en un tino, lo volcaban una vez lleno en las tinajas. Al mismo tiempo hirviendo mosto en un cubo, echando trozos de calabaza empapados en agua y cal, se obtenía el arrope, y los trozos de calabaza se convertían en dulces exquisitos. Manjar para la merienda de los chicos al regreso de la escuela, a las cinco de la tarde. Una vez concluida la vendimia hacían su aparición los rebuscadores. Éstos hacían suyos los racimos y garpas de uvas que los vendimiadores habían dejado. Un derecho tradicional les hacía propietarios de este fruto. Los labradores conseguían cosechar vino tinto, blanco y moscatel. Éste último se obtenía con uvas denominadas así por su extremado dulzor. Una vez terminado el pisado de las uvas, el cocedero se lavaba y esa mezcla de mosto degradado por el agua se vertía en una tinaja, añadiendo la casca sobrante y el escollo o escobajo de los racimos de uvas. Pasados algunos días, antes de que el proceso de fermentación y la caída de la casca, hubiera tenido lugar en el resto de las tinajas, pinchando el corcho situado en su parte inferior, una pequeña tinaja proporcionaba una especie de vino joven muy suave que los labradores denominaban rasquete. Nunca supe el origen de este localismo, aunque más tarde supe que el escobajo también se le denominaba rascón  y de ahí lo de rasquete. Se tomaba en botillo a cualquier hora a lo largo de la jornada labriega. Por la abundancia de cuevas y bodegas que había en las entrañas de las casas, la cantidad de sus tinajas y el tamaño de algunas de ellas, era fácil constatar que en esta villa de Yunquera de Henares hubo abundantes viñedos. A juicio de lo que fui testigo, mi padre heredó un saber hacer de sus antepasados en lo tocante al cultivo de la vid. Los viñedos situados próximos al Monte de Yunquera, en la época que las uvas entraban en su fase de madurez, eran custodiadas por el guarda. Un personaje que venía de Madrid y se le encomendaba la misión de guardar las viñas del robo y de la entrada de los rebaños que pastaban en su entorno. La sola presencia del guarda de las viñas, hacia realidad aquel refrán de que: "El miedo guarda la viña".




Acudí con él en época de la poda e injertos de las cepas. En principio se plantaban las cepas llamadas endrinas, que daban un fruto muy raquítico y esta planta sólo servía de base sobre la cual se injertaba un tallo o sarmiento, con abundantes yemas de brotes pendientes. Esta operación se hacía en invierno. Se retiraba la tierra hasta descubrir el tronco de la endrina, se cortaba por debajo del nivel de cobertura y se practicaba un corte en la mitad. Tomando un sarmiento se afilaba una de sus extremos en forma de cuña y se clavaba en la raja de la cepa base y se forzaba a penetrar. A continuación se vendaba con arpillera, se ataba con tramilla y se volcaba de nuevo la tierra hasta dejar sólo la punta del sarmiento injertado a la vista, en el centro de aquel montoncito de tierra. Llegada la primavera se podía contemplar que el injerto había agarrado a través de los incipientes brotes, convirtiéndose en un pámpano tierno en principio y más tarde dando los primeros racimos. La poda tenía lugar también en la época del frío. El labrador podaba dejando los pulgares que más yemas tenían; siguiendo la sabiduría de conservación de la cepa, robusteciendo y consiguiendo así el máximo de fruto. Los sarmientos hechos hatos de leche servían para hacer lumbre sobre todo en la época de las matanzas, que se necesitaba el fuego para calentar enormes calderas de agua.

En muchas ocasiones el refrán “Año de nieves, año de bienes”, alentaba a los labradores anunciando que el frío del próximo invierno iba a ser rentable. Volviendo al pueblo al atardecer, rumiaban por el camino aquello de: “Con pan y vino se anda el camino” y así esperaban otro día abandonando aquellas dehesas y campillos. Siguiendo la cronología del otoño, en el monte que era la tierra de secano, tenía lugar la siembre del trigo, la cebada, la avena y los garbanzos. Roturaban los rastrojos abonaban el barbecho y sembraban los cereales. Los labradores cuando hacían sus labores del campo en el monte, iban para todo el día. Llevaban hato y merienda. Es decir, comían allí e iban y regresaban a lomos de las yuntas, acompañados por los perros, fieles guardianes de sus dueños. No obstante, por culpa del veneno colocado en El Monte vedado de caza, el fiel guardián de mi padre, el Gorky, murió en aquellos parajes. En los campos de regadío, situados entre el canal y el río Henares, la agricultura cambiaba de fisonomía y había que recolectar la patata. La gran enemiga de los labradores en esta época era la lluvia. Los caminos se ponían intransitables para los carros tirados por reatas de mulas. A veces, administrando los recursos de cada momento, las patatas quedaban una vez sacadas sobre el propio terreno. Las patatas formando montones quedaban arropadas con sus propias matas y cubiertas por abundante tierra, evitando que durante la noche se helaran. Los patateros se alojaban en las casas de labor en pajares, graneros y cuadras. En lechos y jergones improvisados de paja y maíz. Los labradores que ajustaban su jornal les proporcionaban el almuerzo a base de gachas, patatas fritas, huevos, torreznos y demás derivados de la matanza. La comida que se llevaba al lugar de trabajo, generalmente era cocido y por las noches se cenaba ya de vuelta en las casas, judías, patatas guisadas, lentejas; comiendo todos los comensales en un mismo plato grande, llamado fuente. Una vez acarreadas las patatas se almacenaban en las naves donde habían estado depositados los cereales. Y de igual forma que después de la vendimia, los rebuscadores asumían el derecho de aprovisionarse de las uvas abandonadas, los rebuscadores recogían las patatas que permanecían enterradas. Utilizaban dos sistemas: Provistos de una azada ahondaban en el hoyo dejado por el patatero o bien seguían al labrador y su yunta cuando roturaba la tierra. Y allí a lo largo de la besana aparecían las patatas abandonadas. La tierra las había protegido del hielo. Cuando encontraban compradores de la cosecha, discutían sobre si era más rentable esperar mejor precio o si la merma del peso de los tubérculos almacenados les perjudicaba. Aquí también encontraban los prácticos consejos de los refranes: “Más vale pájaro en mano que ciento volando” o “La avaricia rompe el saco”. Una vez que el labrador se decidía a vender, se escogían las patatas, envasaba en sacos y se cargaban en camiones para su distribución.

La unidad de medida para cuantificar las cosechas de patatas era el vagón. Punto de referencia motivado por disponer este pueblo de estación de ferrocarril y ser parada de trenes de viajeros y mercancías, provista de vía muerta y muelle de carga y descarga.


EL INVIERNO: La matanza




Coincidiendo con la Nochebuena, se realizaba la recogida de la oliva. La cosecha de la aceituna se llevaba a la cooperativa y servía para obtener el aceite necesario para el gasto doméstico de las familias. Era una de las faenas más penosas del año. El frío helaba las aceitunas y los labradores al ordeñar las ramas cuyas olivas caían en la espuerta colgada de su cuello, sus manos quedaban también congeladas. Las improvisadas hogueras con ramas de los propios olivos proporcionaban cálidos, aunque breves descansos a los cosecheros.

En estas épocas navideñas, los chicos del pueblo tocábamos la zambomba. Se trata de un instrumento musical popular y rústico. Me la hizo mi padre con una pellica curtida de conejo. Un bote convertido en tuvo, hacía de bastidor para tensar la piel. Antes, en el centro de la pellica se había amarrado con una tramilla un carrizo. Una vez tensado el instrumento, se frotaba con ajo la piel para provocar mayor tersura y facilitar su manejo. Los chicos en Navidad improvisábamos una orquesta formada por zambombas, panderetas, algunas castañuelas tocadas por chicas y botellas de anís utilizando la superficie almohadillada, para frotar con un tenedor; rasgando ritmos de villancicos, íbamos de casa en casa pidiendo el aguinaldo.

Haciendo un paréntesis en las faenas del campo, el pueblo celebraba sus fiestas y ritos, integrando no pocos elementos de la agricultura: El Domingo de Ramos se podaban los olivos, utilizando sus ramas para la celebración de la entrada de Jesús en Jerusalén y cada vecino ostentaba en sus balcones y ventanas, los ramos de olivo hasta el año siguiente. Antes de seguir con el año litúrgico, otro refrán nos hace saber que: “Tres jueves en el año brillan más que el Sol, Jueves Santo, Corpus Cristi y el día de la Ascensión”. Precisamente con motivo de la procesión del Curpus Cristi, se instalaban altares a lo largo de su itinerario, donde el sacerdote hacía una genuflexión ante la custodia que portaba y depositaba en el ara de cada altar. A los pies se había desparramado cantueso traído del monte. Planta floreada muy olorosa de la familia del tomillo, la mejorana, el espliego y la banda. Sobre el morado cantueso, denominado en el pueblo con el localismo cantigüeso, a veces se extendía sobre el mismo una alfombra, haciendo más cómoda la doble genuflexión del clérigo. Los chopos, árboles muy abundantes en los humedales y en la cuenca del río, servían a los mozos para celebrar El Mayo. Los quintos de cada año, localizaban, talaban y transportaban el más grande de lo chopos y se plantaba en la plaza del pueblo; colgando en lo más alto algún objeto de broma. Una vez le tocó el turno a un gallo metido en una jaula de perdiz. Muchas de sus ramas servían para engalanar las rejas de ventanas y balcones, donde habitaban mozas que al amanecer se sentían cortejadas, algunas quizás por primera vez. Siguiendo con el uso que se hacía de los productos de la agricultura, tropezamos con la subasta de todo tipo de bienes después de la procesión del día 15 de septiembre, fiesta mayor del pueblo en honor de la Virgen de la Granja: Corderos, cestas de frutas, racimos de uvas descomunales, presentados en sus propios sarmientos y con hojas aún verdes, melones o sandías de tamaño fuera de lo habitual. No solamente se utilizaba el patrimonio forestal y productos del campo, también, se celebraba la fiesta de San Antón el patrón de los animales, llevando a las eras a toda clase de ellos utilizados en las faenas del campo: Bueyes, mulas, caballos, burros, etc. El párroco del pueblo les bendecía con el hisopo de agua bendita, formando una herradura a su alrededor. Volviendo a los primeros meses del año en la agricultura, las faenas del campo descendían con el letargo invernal, por las heladas, las lluvias y los cortos días hasta llegar al equinoccio. “Para San Matías se igualan las noches con los días”. Ante las dificultades climáticas los labradores se ocupaban en otros menesteres dentro de las casas de labor: Escoger y envasar las patatas en sacos de pita para su venta. Limpiar los corrales y muladares y transportar la basura y el estiércol a las eras. Improvisando basureros donde se propiciaba su fermentación, consiguiendo el abono natural para preparar la tierra para las próximas cosechas. Situados en el comienzo de la primavera, cuando los días van robando las horas a las noches, hacían su aparición en el corazón de La Campiña, un grupo de familias siguiendo una larga tradición de padres a hijos convertidos en nómadas, al menos la mitad del año. Se trataba de los meloneros, oriundos del pueblo de Villaconejos de la provincia de Madrid. Arrendaban un terreno para sembrar melones y sandías y construían sus chozas para habitar allí hasta octubre. Excavaban en la tierra una profundidad de un metro aproximadamente y con la tierra extraída construían las paredes que alzaban la cabaña a una altura habitable. Una estructura de maderas sostenía el improvisado tejado con juncos, espadañas y ramas de árboles. Consiguiendo una estanqueidad perfecta con una capa de tierra cubriendo el entramado vegetal. La puerta de la choza estaba precedida de un porche, proporcionando sombra y una habitabilidad muy agradable a cada familia. Las camas, mesas, sillas, cacharros y utensilios domésticos tomaban parte del equipaje de cada temporada. Estos laboriosos meloneros siempre tenían la fama de ser los mejores cultivadores de melones de España. El autor de este relato debe confesar que el conocimiento que tiene de los meloneros, no procede de haber nacido en el seno de una familia de ellos, sino por haber coincidido en este pueblo, los meloneros forasteros con una paisana suya oriunda, también, de Villaconejos, que casualmente era mi madre…




En la agricultura como en otros órdenes de la vida, “Nunca llueve al gusto de todos”. Pero siempre se consolaban con: “A mal tiempo buena cara”. Cuando la lluvia inundaba las calles de barro y agua, los campesinos cubrían las calzadas con paja sobrante de las eras que mezclada con el agua y el lodo, una vez fermentado, seguía el mismo destino de abono para los barbechos. En los días lluviosos, se ocupaban en engrasar lo arreos de las yuntas y coser con tramilla impregnada en pez los tiros, correas, cabezales y demás aperos de cuero. Aprovechando los días de mal tiempo, se llevaban las caballerías a herrar. El herrero calzaba la cabaña utilizada para llevar a cabo las faenas del campo; protegiendo sus pezuñas. El campesino también tenía un refrán a mano cuando, según él, veía comportamientos de cierto empecinamiento, exclamando: “Eres terco como una mula”. Desde muy pequeño me sorprendía la función del arriero que se ocupaba de domar y adiestrar a las mulas desde que eran muletas, imponiéndose con una disciplina para que obedecieran a su mandato. Si el mozo gritaba ¡Güesque! la mula debía girar a la derecha y si voceaba ¡Ria! el animal viraba a la izquierda. Con ¡Arre! comenzaba a caminar y con ¡So! se paraba. Mientras, el refranero tenía a veces vocación contradictoria anunciando que: “En Febrero busca la sombra el perro” y añadían, “A últimos que no a primeros”. Y siguiendo con el calendario del tiempo entrábamos en Marzo, que si predominaba el buen tiempo, se anunciaba otra sentencia popular: “Cuando Marzo mayea, Mayo marcea”. No obstante, el mes de Abril se le atribuye en el refranero, al menos en lo relativo a los caracoles, una importancia relevante: “Los caracoles de Abril para mí, los de Mayo para mi amo y los de Junio para ninguno”.

Sin que este breve relato pretenda ser un ensayo sobre los agricultores en profundidad, no podemos olvidar la matanza. Ésta era un acontecimiento sobre el cual giraba la familia, los vecinos y los amigos. Narrar ahora con todo su realismo el sacrificio del cerdo por un matarife, en presencia muchas veces de menores, es algo que hay que evitar porque no aporta nada positivo a la tradición rural de nuestros pueblos. Es preferible dejar constancia de la impotencia que tenía la matanza en el abastecimiento anual de cada familia. Y por supuesto el carácter festivo y lúdico que tenía para todo el entorno. En la matanza, al menos en la meseta central, no podía faltar la preparación de las migas, hechas de panes candeales y se comían acompañadas con uvas. Momento en el cual, cuando se observaba que alguien las acompañaba también con pan, no podía faltar otro refrán: “Comer pan con pan comida de tontos”. Yo personalmente recuerdo con mucho miedo cómo mi padre me ponía en sus hombros y me tapaba los ojos para traspasar el portal donde había dos cerdos, uno a cada lado, colgados boca abajo. Así permanecían un día, luego se descuartizaban y se hacía el resto de chorizos, morcillas, manteca, etc. En el caso del labrador del cual nos ocupamos en este corto relato, se daba la coincidencia de que, si bien no era el matarife, él sí era el encargado de descuartizar y llevar a cabo el resto de la tareas inherentes al carnicero. Mi padre había abandonado el oficio que desempeñaba en la carnicería salchichería de su tío en Madrid, para ocuparse de las labores de labranza de su casa en el pueblo. Una vez acabada la guerra.


LA PRIMAVERA: La savia se altera




El invierno daba paso a la primavera dando la oportunidad de acertar o errar al dicharachero refranero: “Para San Blas la cigüeña verás”, “Marzo ventoso y Abril lluvioso, sacan a Mayo florido y hermoso”, “En Abril aguas mil”, “Hasta el cuarenta de Mayo, no te quites el sayo” y así la sabiduría popular marcaba los tiempos de las cosechas del trigo, cebada, avena y el sol se encargaba de poner a punto la siega, el acarreo de la mies a las eras, la trilla, el aventado y acribado de la mies trillada. Esto sucedía pasado el solsticio de verano cuando la cosecha se almacenaba a buen recaudo en los graneros y en el silo del Servicio Nacional del Trigo. El refrán “Predicar no es dar trigo”, se lo atribuían los labradores a quienes no cumplían las promesas.
El clima de Yunquera no es muy húmedo, pero sí lo suficiente como para que se criaran en hierbas y matorrales de las acequias, los vulgares caracoles y en menos cantidad las llamadas caracolas con la cáscara más aplastada, marcada con unas rayas siguiendo la espiral de su más pequeña carcasa. Cuando se producía un chaparrón y luego salia el sol, casi siempre acompañado del Arco Iris correspondiente, hacían su aparición los caracoles. Y este hecho aparentemente con escasa trascendencia, sin embargo, daba lugar a una canción popular y otros de los sabios refranes que se manejaban entre las gentes del pueblo. La canción era muy popular:

Caracol, col, col,
saca los cuernos y vete al sol,
que tu padre y tu madre,
ya los sacó.
Caracol, col, col,
saca los cuernos y vete al sol,
que tu padre y tu madre están en Aragón,
lavando la ropa de Nuestro Señor.

Es sorprendente que una cancioncilla tan simple tenga tantas versiones. No obstante, si mi memoria no me falla, esta versión es la que se cantaba en el pueblo en los años 50, cuando los niños esperábamos que al ritmo de nuestras notas musicales, los caracoles se decidieran a salir de su cáscara enarbolando sus antenas. Y como no podía faltar un refrán marcaba sabiamente la temporada de consumo de los caracoles: "Los caracoles de Abril para mí, los de Mayo para mi amo y los de Junio para ninguno.

En primavera se sembraban las llamadas patatas tardías, cuyo tubérculo se cosechaba en Diciembre, después de numerosos riegos y tratamientos para luchar contra el escarabajo, enemigo número uno de la patata. Una de las faenas más penosas para el labrador, era desinfectar esta planta para evitar su desaparición comida por las plagas de los mencionados insectos. El azufre y el arseniato, de color gris el primero y amarillo el segundo, irritaban los ojos y despedían un olor muy desagradable, agravado por el calor sofocante de la estación en la cual tenían lugar estas faenas. Tampoco era fácil limpiarse y lograr que desapareciera el olor. Cuando los pámpanos de las cepas de la vid estaban crecidos y asomaban los incipientes racimos, tenía lugar de igual forma el azufrado de las viñas. La primavera más avanzada se manifestaba en los almendros en flor. Éstos rodeaban las viñas proporcionando cosecha de almendras para uso doméstico, aunque el terreno no era muy apropiado. En uno de los majuelos, mi padre, labrador amante de cosechar frutos variados, plantó dos cerezos que proporcionaban cerezas de color blanco amarillento, casi doradas. Aunque el terreno era de secano, transportó con una caballería el agua necesaria para mantener su desarrollo. Los cerezos premiaron su dedicación con una abundante cosecha de estas cerezas áureas. Seguía la tradición de su padre y abuelo. De este modo conservaba las únicas cerezas blancas del pueblo, sabrosas y muy jugosas. Durante varios años un canasto de esta exquisita fruta fue subastada en la procesión de la Virgen de la Granja. El número de postores que pujaron por llevársela dan testimonio de su aceptación y popularidad. En primavera se labraban los huertos para cultivar hortalizas y árboles frutales. En el huerto de mi padre en particular se podía encontrar una higuera, dos olivos, el cerezo de cerezas blancas, un manzano, un membrillo, una parra de uvas blancas, infinidad de rosales, palma rizada, sándalo, hierbabuena, crisantemos para el día de Todos los Santos, lirios, claveles chinos, el rincón sombrío de las violetas y un árbol insólito. Se trataba de un peral injertado por su padre de tres tipos de peras: De agua, amarillas y jugosas. De invierno, grandes, verdes y muy duras y de San Juan, pequeñas y muy dulces. Las tres ramas se convertían en tres árboles hermanados por un sólo tronco común. Era como un frutal siamés. Las casas de los agricultores nunca renunciaron a disponer de una parcela próxima al pueblo, donde obtenían productos de temporada para cubrir las necesidades de la familia. No obstante algunos agricultores especializados en avanzar las cosechas, hacían de las labores del huerto su oficio y medio de vida. Los primeros tomates, las primeras lechugas, ofrecidas con un mes de anticipación sólo eran conseguidos por la pericia del hortelano. En primavera y verano hacía su aparición en huertos y sembrados, un personaje muy familiar para los vecinos del pueblo: El espantapájaros. Tenía como función ahuyentar a toda clase de pájaros y evitar que se comieran el fruto ya maduro. Solía construirse con una armadura de palos en forma de cruz y se le disfrazaba de hombre o de mujer. Hincado en la tierra como si de un estandarte se tratara, el viento contribuía a que este personaje cumpliera con su principal misión: Asustar y espantar a las aves; confundiéndolas con una persona venida de la realidad. Cada huerto disponía de varios de estos adefesios. Y Allí donde había árboles frutales se colgaban también peleles y marionetas que al mecerse cumplían el papel de guardianes del fruto listo para ser recolectado. Algunos disponían de esquilas y cencerros para hacer el ruido pertinente. El espantapájaros se convertía en una metáfora con tradición casi de leyenda. A ciertas personas se les atribuía este apelativo pleno de connotaciones peyorativas. Durante el estío cobran fuerza las figuras de los escardadores que se ocupan de limpiar los sembrados de cardos y de mala hierba.


EL VERANO: La era





La llegada de los segadores al pueblo anunciaban dos acontecimientos: El final de la escuela hasta septiembre y la llegada de los segadores. Los segadores; segando con hoz y zoqueta. Las espigadoras; haciendo suyo el refrán de “Un grano no hace granero pero ayuda al compañero”. Estas faenas del campo en la época estival se hacían más llevaderas aprovisionando de agua en el secano y acudiendo a las fuentes en el regadío. Mediante aguaderas o serones a lomos de burros o borricos, transportaban el agua en cántaros, botijos de barro y cubas de madera recubiertas de saco empapado para mantener el agua fresca. Durante el estío las lluvias eran escasas por no decir nulas. Pero las tormentas acompañadas de granizo, relámpagos y truenos, sí hacían su presencia. Y siempre eran temidas porque podían acabar con la frágil espiga del trigo y la cebada. Los meloneros antes mencionados tenían en el granizo su principal enemigo, y algún año una tormenta les ha llevado a la ruina. Dejando el melonar como una era. La súbita precipitación siempre sorprendía a los labradores y es posible que el refrán de: “No te acuerdas de Santa Bárbara hasta que truena”, algo tuviera que ver con el temido meteoro. La faena del campo más penosa era la siega. Las altas temperaturas del verano y la postura obligada para realizar este trabajo, marcaban el rostro del segador año tras año. Hacinar los haces de mies para luego ser acarreados a las eras, y allí desatar los haces conservando los hatillos para la temporada próxima, eran trabajos desempeñados por los más jóvenes. Los trilladores casi siempre eran chicos de 10 o 12 años que asumían la tarea de dar vueltas con el trillo durante toda la jornada hasta que la mies quedara triturada para ser aventada. Los mozos de temporada ayudaban puntualmente en las faenas de la recolección y las mujeres colaboraban barriendo las eras donde acabado de cosechar el trigo, se preparaba la parva para trillar la cebada y así hasta la última cosecha que siempre ponía fin a la temporada con la avena, para dar de comer durante el año a las caballerías. Por supuesto que siendo este terreno, también, de regadío era preciso pedir agua de madrugada en las compuertas del canal y regar las patatas, cuya cosecha se sacaba en invierno. El terreno de regadío tomaba el agua del canal y a través de acequias generales y regueras secundarias permitían regar los sembrados de alfalfa, patatas, trigo, cebada, parcelas con árboles frutales y chopos. Y siempre había algún día que dentro del tórrido estío, daba la razón al refrán: “En Agosto frío en rostro”. Aunque lloviera el labrador no dejaba de regar; aplicándose el refrán: “Agua del cielo no quita riego”. El acarreo de la paja desde las eras hasta los pajares, no estaba exento de esfuerzos y fatigas, sobre todo para el encargado de atascar la paja en el pajar. Tenía que echar por una ventana la paja con bieldos y horcas y luego introducirse en el interior y atascar, es decir, apretar y presionar la paja con su propio cuerpo para que cupiera más. La alta temperatura, el hermetismo del pajar, el polvo producido y el espacio cada vez más pequeño, convertían a esta faena en una de las más sofocantes y molestas. Los chicos que habían hecho de trilladores, obtenían su jornal, que en muchos casos eran los zapatos y el traje de la fiesta. Una vez las eras limpias, el grano en los almacenes y la paja en los pajares, el mes de septiembre cerraba el ciclo labriego, poniendo el broche de oro la función del pueblo.





LA SABIDURÍA DEL LABRADOR: Tierra, sudor y mirada al cielo…




La tierra y el clima habían ilustrado a los labradores para luchar contra las inclemencias del tiempo, utilizando el conocimiento heredado de padres a hijos. Creando una armonía productiva entre la tierra, los animales y los hombres. Los corrillos en las calles y plazas, las tertulias de la taberna y la fonda, en el campo, las mujeres en el lavadero, en la tienda, lechería o panadería, configuraban una auténtica universidad del saber popular. Capaces de henchir la tierra y dominarla, siguiendo el mandato del Génesis. Aquí en estos ágoras improvisados y allí en aquellos ateneos callejeros, se ponían en común y se discutían las formas de explotar mejor los beneficios de la agricultura; regateando los ciclos del clima. Los labradores, no solamente dominaban las destrezas directamente ligadas a la productividad de la tierra, también utilizaban la misma para otros fines. En los años previos a la industrialización de España, las casas se fabricaban con materiales muy primitivos y rústicos. Los edificios se construían con adobes y cuarterones de tierra para levantar las tapias y los muros de carga. La argamasa era el propio barro y los cimientos se reforzaban con cantos rodados muy abundantes en La Campiña. Para hacer los adobes construían antes un bastidor que servía de molde para hacer dos piezas a la vez. Un especie de cajón ventana con dos huecos. Había que aprovisionarse de tierra, agua y paja; Haciendo un hoyo en el montón de tierra se mezclaba con la paja amasándola con los pies descalzos. Faena que les gustaba hacer a los más pequeños, recordando cómo se pisaban las uvas en el tiempo de la vendimia. Una vez conseguido el lodo compacto, con una pala se colmaba el molde y se raseaba el barro sobrante arrebañándolo con una regla de madera. Una vez extraído el molde, el adobe quedaba expuesto al aire y al sol para su secado. El molde se volvía a mojar y el agua hacía que el lodo no se pegara en sus paredes. Las tapias y paredes de las casas se construían a partir de los cimientos en el fondo de una zanja donde se afianzaba el edificio, con piedras arena y cal y más tarde las mismas piedras se fijaban con arena y cemento. Después se alternaban los adobes con tapiales o cuarterones de tierra y paja humedecida, aplastada y endurecida con un macho pilón; entablillando la tierra con unos tablones que sujetos garantizaban la verticalidad y un grosor uniforme de la tapia en cuestión. Una vez acabada la casa o el edificio, se mantenía así sin más el acabado final. Una minoría enjalbegaba la obra directamente sobre la tierra y más adelante se enlucía con cemento encalando las paredes.

Antes de seguir avanzando en la memoria de cómo se organizaban los labradores; explotando la flora y la fauna garantes de su propia supervivencia, convivían con otra flora y otra fauna, éstas salvajes y autóctonas. El monte bajo cercano al pueblo era rico en encinas productoras de bellotas. Las bellotas se comían tanto crudas cono asadas. Aunque eran alimento para los cochinos, nunca se utilizaron para este fin. Una pequeña cantidad de enebros, de madera fibrosa y dura completaban el patrimonio forestal la parte de monte. Su fruto en otras latitudes se utiliza para elaborar la ginebra. Sin abandonar El Monte en la parte de secano abundaba la jara, con su blanca flor y sus hojas pegajosas. Las aliagas, arbusto utilizado para hacer el fuego para calentar el agua de la matanza. Plantas aromáticas como el tomillo, la mejorana y el cantueso. En la cuenca del río y en la parte de regadío, los olmos, casi extinguidos en los años setenta. Los abedules álamos blancos y chopos no cultivados por el hombre. Como parte inherente a La Campiña, abundaban en los humedales y al lado de las acacias: Espadañas, utilizadas para tejer el asiento de las sillas, con pelusas que teñidas con anilina de varios colores, adornaban floreros y búcaros. Las zarzas moreras, muy abundantes en la zona de La Virgen de la Granja. Las moras cogidas por la mañana y echadas a la boca directamente, se degustaba un sabor único, muy lejos de las frambuesas industrializadas en la gastronomía. En aquel lugar es donde dice la tradición popular, que se le apareció la Virgen María sobre una zarza ardiendo, a un pastor del pueblo llamado Bermudo. La parte del pueblo afectada por el riego, el agua y los humedales, es muy rica en juncos. El nombre antiguo de esta villa era Iuncaria. Donde hay muchos juncos. Los juncos, utilizados para servir los churros, hacer barcos y cortinas quita-moscas. El hinojo es muy oloroso y servía para aderezar las olivas recién cortadas para quitarles el sabor amargo. Al agua se añadía el hinojo, antes citado, laurel, ajos, tomillo y se mantenía durante un año en una orza de barro. El sándalo, aunque se plantaba en los huertos, sus raíces prendían en cualquier lugar húmedo. La hierbabuena, muy aromática se echaba en la sopa del cocido, aunque en zonas de costumbres moras se utiliza con el té. En este pueblo sólo se tomaba con el caldo del cocido. La flor de espino es un arbusto poblado de tallos con púas, prematuro en sacar la flor, muy olorosa pero hay que tomar cierta precaución a la hora de exhalar su perfume. Rosales salvajes con rosas muy sencillas de escaso olor y muy efímeras, abundaban por todo el término. También a lo largo de La Royá había una serie de mimbreras, de ellas se obtenían infinidad de mimbres para confeccionar canastas de todo tipo y cuévanos para acarrear la uva en la época de la vendimia. A estas alturas de la narración es preciso poner una nota de nostalgia y quizás de melancolía. En la época donde tenía lugar los hechos descritos en esta narración, la primavera irrumpía con furia volcando toda clase de plantas, arbustos y flores. Evidentemente como bien explica la parábola, al lado del trigo crecía la cizaña.

Y quien dice la cizaña, dice las rojas amapolas, las variadas margaritas, los azules cardos, las serpenteantes correhuelas, las enredaderas plagadas de campanillas azules y un sinfín de variantes. Un tapiz gigantesco que aportaba una belleza inigualable. No obstante, los campesinos sabían que esa belleza tenía que ser pasajera y ya se ocuparon de liberar las siembras y plantaciones de toda plaga que pudiera mermar la obtención del mejor fruto o del más limpio cereal. Se escardaba, se arrancaban las plantas no deseadas y los campos crecían limpios de hierbas. Más tarde llegaron los insecticidas y el manto primaveral quedaba abortado en aras del progreso. Pero eso sucedería años más tarde...

Antes de pasar al detalle siguiente, no podemos omitir la fauna autóctona. Las aves: Perdices, codornices, mochuelos, lechuzas, vencejos, tordos, abubillas, urracas, palomas, golondrinas, cigüeñas, gorriones, jilgueros y murciélagos. Más apegados a la tierra y al agua, teníamos: Culebras, sapos, ranas, lombrices, lagartijas, grillos, cucarachas, arañas, libélulas, peces sin precisar especie, conejos, liebres y hasta hubo cangrejos en el río. La cigarra en estos parajes llenos de luz y calor, quedó muy bien retratada por Lorca en aquel poema que la dice: “Borracha de luz”. En casa del campesino, hacían acto de presencia, no solamente los animales domésticos, sino que podría verse una perdiz en una jaula jamás aparente. Un jilguero cantarín en su prisión nunca adecuada. Una familia de golondrinas que cada año hacían su nido con barro en el interior de los pajares y cuadras. La cigüeña que por San Blas ampliaba la arquitectura de su nido en la parte más alta del campanario de la torre. Los vencejos construían siempre su casa de lodo debajo de los aleros de los tejados. Los chicos del pueblo respetaban con mucho cariño las cigüeñas y golondrinas. Los gorriones eran el blanco de su flamante tirador, hecho con una horquilla de palo y unas gomas amarradas a una badana. Las hondas también se utilizaban, pero era más difícil dar en el blanco. También eran presa de los más jóvenes los murciélagos. Una vez atrapados de noche lanzando una boina al aire, al animal se le sometía a una sesión forzándole a que fumara. Nunca entendí que al murciélago le gustara el tabaco... Un acertijo se planteaba a los chavales: “Niño que vas a la escuela dime tu sabiduría, cual es el ave que vuela, tiene tetas y cría”. Los jilgueros o jaulines como se les denominaba en el pueblo, eran unos pájaros de plumaje gris con manchas rojas y amarillas, que se adaptaban a una jaula y trinaban muy bien. Se utilizaba una forma despiadada de cazarlos. Una vez localizado el nido con los jilguerillos recién nacidos, se introducía el nido con los pájaros en una jaula; colgándola en el mismo lugar. Los padres de los pajarillos visitaban la jaula y les alimentaban como si nada sucediera. No obstante había que prestar mucha atención al día en el cual los nuevos jaulines ya podían comer el alpiste ellos solos. La amenaza que se cernía sobre los animalillos era la muerte. Y así sucedió. Los jilgueros padres determinaron en qué momento debían de salir del nido y cuando percibieron que estaban privados de libertad, decidieron envenenarlos. Los jilgueros habían muerto. Un grillo también cantaba en casa de los labradores encerrado en una diminuta jaula; alimentándose de lechuga. La fábula de la cigarra y la hormiga, se ponía en escena sobre todo a la hora de la siesta. No podemos omitir que en algunas casas de labor, también, se ocupaban del ganado vacuno y lanar. Los vaqueros y los pastores. Los primeros atendían a las vacas generalmente para la producción de leche. Una vez ordeñadas a mano, la leche se almacenaba en cántaras de cinc, medida en azumbres, y de madrugada un camión que popularmente se le denominaba la lechera, transportaba el producto lácteo a Madrid. Quedando parte de la leche para consumo del pueblo, que el productor despachaba directamente. Los vaqueros guiaban a sus vacas al abrevadero de la fuente de los Cuatro Caños. Los pastores sacaban a sus rebaños todos los días al amanecer y pasaban toda la jornada en el campo. Pastando en rastrojos, pastizales naturales en veredas y humedales. Al atardecer, regresaban al aprisco para ordeñar a cabras y ovejas. Este tipo de leche apenas se consumía en el pueblo, era transportada casi en su totalidad a la capital. Un refrán, también, hacía referencia a lo tarde que llegaba el pastor a su casa. Cuando una mujer se peinaba fuera de la hora convencional, podía escuchar: “Te peinas cuando la mujer del pastor”. En otoño tenía lugar la esquila. La lana de las ovejas era otra fuente de ingresos para los labradores que se dedicaban al pastoreo. De cada animal se obtenía un vellón de lana. En esa época los colchones eran exclusivamente de lana. Una vez abastecido el pueblo de la lana suficiente para sus colchones, el resto se vendía.



El hato del pastor era su único equipaje para llegar hasta la dehesa. Se componía del zurrón, su cayado y la manta para el invierno. Sin olvidarse del perro pastor. Inseparable apoyo y guardián del rebaño. Hablando sobre la vestimenta del pastor podemos hacer memoria, también, del atuendo del campesino: Las sandalias, las botas para regar, sombrero, camisa, pañuelo al cuello, zoqueta para segar y alforjas con la cuba del agua. En invierno: Calcetines de lana hechos a mano, piales, albarcas, jersey de lana, chaqueta de pana, pelliza con piel en el cuello, boina, pasa-montañas y manta. Los trabajadores del campo se tocaban la cabeza con sombreros de paja en verano y con binas y viseras en invierno. La vida en un pueblo inmerso en la agricultura y la ganadería, no hay duda que sus gentes estaban obligadas a ser muy polivalentes: Labores del campo y faenas en la casa. Trabajos en las eras y atención a los animales domésticos. Una casa de labradores exigía muchos esfuerzos pero dotaba a las familias de gran autonomía en el abastecimiento de alimentos de toda clase. Más arriba nos hemos ocupado del huerto, que en verano daba mucho trabajo, pero el corral también había que prestarle a diario una atención ineludible. Había que alimentar a cochinos, conejos, palomas, patos, gallinas y cada uno tomaba un alimento diferente. Desde las patatas cocidas con salvado de los cerdos, hasta la hierba y alfalfa de los conejos, pasando por la cebada de las gallinas. Los animales ajenos al corral que trabajaban en el campo, también necesitaban darles de comer a media noche: Las mulas, caballos y asnos. Los criados se turnaban durmiendo al lado de la cuadra para echar la cebada y la paja en los comederos de las caballerías. La limpieza llevaba su tiempo: Sacar las cortes de los cerdos. Limpiar los gallineros y desinfectar con Zotal para evitar los piojos. Sacar la basura de las cuadras y limpiar las jaulas de los conejos. Los animales se reproducían y con ello se garantizaba el abastecimiento doméstico. Merecen una especial atención el cuidado que las amas de casa prestaban a la cría de las aves, sobre todo los pollos, las gallinas y los gallos. Cada corral contaba con una cantidad de gallinas adecuada a su tamaño. Un gallo o varios eran imprescindibles para que se provocara el ciclo productivo. Cuando una gallina se decía que se había quedado clueca o culeca como se le denominaba localmente, se le aislaba en un lugar separado del corral. Pero en estos casos era preceptivo atender a un refrán que había que tener en cuenta: “En Martes y trece, ni te cases ni te embarques, ni clueca eches que pollos te saque”. Una vez comprobado que la fecha estaba al margen de cualquier maleficio, el ama de casa buscaba un lugar en el granero, la cámara o el pajar. Allí se le depositaban diez o doce huevos en una cesta y el ave se posaba sobre ellos y allí permanecía veintiún días. El ama de casa observaba de forma muy clara cuando la gallina estaba dispuesta a encubar los huevos. Emitía un sonido muy peculiar, su plumaje se ahuecaba y subía su temperatura. No en pocas ocasiones una gallina ha puesto sus huevos en un lugar distinto de los nidales establecidos para ello y barruntando por instinto que iba a quedarse clueca, ponía los huevos en un lugar escondido y los dueños de la casa conocían el hecho, cuando salieron los polluelos del escondrijo después de haber desaparecido la gallina en sus días reglamentarios. A los días exactos, los pollitos rompían los cascarones y mientras terminaban de nacer toda la manada se colocaban en una caja cerca del hogar para que no extrañaran el calor de la madre. A veces el celo de la gallina por estar encubando los huevos, le dejaba sin apetito y se negaba a comer. Estas gallinas eran alimentadas a la fuerza. Cuando todos los pollitos habían nacido, caminaban al lado de su madre y ésta les enseñaba a comer y les defendía de los peligros del corral. Cuando se distinguía los machos de las hembras, éstas eran dejadas en el corral para la producción de huevos y los pollos eran sometidos a su castración, en términos avícolas, se procedía a caparlos. Su aspecto cambiaba,

la cresta se la habían cortado y juntamente con las barbas, se las hacían comer. Estos pollos estaban destinados a la alimentación y se denominaban los capones. Los otros pollos no capados, se convertían en los gallos. Su plumaje y su comportamiento eran signos externos del poderío que ostentaban en el corral. No solamente en casa de los pastores disponían de un perro, más o menos adecuado al oficio. También los labradores en general se dejaban acompañar por un perro cuando acudían a realizar las faenas del campo. El perro hacía de guardián del hato, mientras el labrador se alejaba arando con la yunta, para marcar la ida y la vuelta de la besana. También cumplía con la ordenanza de un refrán: “Perro ladrador poco mordedor”. Mientras el perro era fiel al amo, en casa quedaba su eterno enemigo, el gato. Ninguna casa de labor que se preciase podía renunciar a tener uno o varios gatos. A pesar de que el refrán decía que: “Tan bueno es mi gato que no caza ratones”, en realidad es verdad que el gato perseguía a los ratones pero en el caso de que cazara uno, nunca se ha visto comérselos. Siempre ha preferido algo de pescado que el ama de casa tuviera preparado para cocinar en la fresquera. Los labradores además de los refranes, también, se ponían acertijos los unos a los otros. He aquí un acertijo con una antigüedad quizás centenaria: “Vio el pastor en la montaña, lo que no vio el Rey de España y Dios con todo su poder, tampoco lo pudo ver”.

De este saber popular fui testigo hasta mi adolescencia. Quizás tomé parte de la primera generación de jóvenes cuyos padres percibieron que el futuro de nuestro pueblo ya no se escribiría con nuestras plumas. Clausuramos la década de los cincuenta y con el desarrollismo de los años sesenta, los pueblos quedaron irreconocibles. Pero hasta entonces, fue así como forjaban los labriegos su futuro. A golpe de refranes y acertijos. Y así se forjó Luis el labrador, mi padre. Pedro Taracena Gil




Legendaria Carrasca y al fondo Hita