LUIS TARACENA UN HOMBRE EJEMPLAR



"Y aunque la vida murió,

nos dexó harto consuelo

su memoria”.


Jorge Manrique


Últimos versos de las coplas a la muerte de su padre.


Mi padre





En su infancia, a los ocho años, apenas sabía leer y escribir. Tanto Don José como Don Gabriel, maestros del pueblo, dejaban el aprendizaje de los más pequeños a los mayores de la clase. Recuerda que el primero, le dio un tirón de pelo porque cruzó corriendo entre el maestro y otro señor que se encontraban hablando frente a frente. Éste le dijo: “Para que recuerdes siempre que no debes de pasar entre dos personas mayores cuando están hablando”. El segundo le intentaba enseñar a leer a correazos y el pánico le impidió aprender. La correa se llamaba la morena y con el tiempo pude comprobar que mi padre y yo compartimos maestro y correa. Don Gabriel fue también maestro de mi hermano y los tres catamos la morena. Compartimos sistema pedagógico y herramientas didácticas.


Robert Capa

En los años veinte llega a Madrid, procedente de Yunquera de Henares (Guadalajara), pueblo en el cual había nacido hacía 15 años. Trabaja en una gran carnecería salchichería de su tío, situada en el número 10 de la calle de Santa Isabel en Antón Martín. Se aficiona al boxeo y se afilia al gimnasio La Ferroviaria. Las madrugadas las aprovecha para entrenarse en El Retino. Vive la explosión de júbilo que el pueblo de Madrid vivió con la venida de la II República Española, el 14 de abril de 1931. Y una señora ya mayor, le augura que “después de este alborozo, se derramará mucha sangre”.

Estalla la guerra civil en el 36 y en el 37, se alista como voluntario en el Gobierno Militar en el paseo de la Reina Cristina, ante la amenaza inminente de que levantaran la exención que disfrutaba para no cumplir la mili por bajo de estatura. Como carnicero de profesión se incorpora en Intendencia y se marcha al frente al lado republicano. Bando que defendía Madrid de los sublevados contra la República. 

Por aquel entonces, mi padre mantenía relaciones con una chica venida del cercano pueblo de Villaconejos, para trabajar como criada en la casa de su tío, propietario del negocio. Ante su partida hacia el frente, decide plantear a su novia, abandonar el noviazgo que habían emprendido. Tuvieron que pasar muchos años hasta que supe el motivo de su planteamiento y la reacción de su novia. Mi padre entendió que, aunque esta mujer era el amor de su vida, la cruda realidad de la guerra, le catapultaba a un abismo incierto. Podía morir, cogerle prisionero, partir hacia el exilio o volver como mutilado en la contienda. Todas estas posibilidades le aconsejaron abandonar cualquier compromiso de futuro, que la guerra les impedía asegurarse. Su novia lo entendió, al contrario. Ella entendía que no debía irse voluntario y debía esperar a que le forzaran a marcharse y esperar a que Madrid cayera en manos de los rebeldes, es decir, los nacionales. Como consecuencia se sintió contrariada y rechazada. Parece ser que en aquellos años difíciles y en no pocas ocasiones trágicas, cuando los novios se marchaban al frente, se casaban y así sellaban su compromiso de amor. Aunque en Madrid se casaban por lo civil y podían divorciarse, mi padre no deseaba dejar su destino condicionado a un final trágico, que arrastrara a los dos. Mi padre, y ahora lo veo tan claro como él lo vio entonces, no quiso hacer de la mujer de su vida, una viuda en pocos días o meses. Y consumó su decisión de evitar que le llevaran a la fuerza, los unos o los otros. Por la información que poco a poco me ha ido proporcionando, muy dosificada, sin victimismo alguno y con total ausencia de rencor, he podido conocer algunas pinceladas de su protagonismo en la guerra. 

Antes de partir para el frente, le acuartelaron en el convento contiguo a la iglesia de San Pascual, en el Paseo de Recoletos. El templo sirvió de almacén y las celdas de habitaciones para la tropa. La instrucción y las maniobras las llevaban a cabo en el pueblo de Vallecas. Allí conoció a un matrimonio que tenía cinco hijos. La familia al completo era analfabeta y mi padre se dedicó en sus horas libres a enseñarles a leer y a escribir y cuenta que Miguel de nueve años, tenía tal deseo de aprender y de saber cosas, que llegaba siempre antes que él a la improvisada escuela. Entre los utensilios que le proporcionó el ejército de la República, había un plato de aluminio con dos asas, que en el reparto del rancho, procuraba llenarlo hasta arriba y guardar en una tartera parte de su comida para esa familia. El padre se dedicaba a hacer portes y llegada la situación de guerra en Madrid, incluía también el estraperlo dentro de sus actividades de transportista. Entre la familia y el recluta de miliciano, se formó una comunidad de intereses culturales y alimenticios; aliviando las calamidades de una ciudad asediada. El miliciano encargado de cultura era responsable de colaborar en la alfabetización de milicianos y civiles, allí por donde pasaban. Disponían de una biblioteca ambulante que sirvió para que mi padre se aficionara a la lectura. 


Mientras estaba en el frente, su ex novia también sufría los efectos del conflicto fratricida. Durante el asedio de Madrid y sobre todo durante las noches, estaba totalmente prohibido encender cualquier punto luminoso. Ante cualquier luz percibida a través de ventanas y balcones, los milicianos gritaban: ¡Esa luz! Y si se resistían podían disparar algún tiro que otro. Cualquier atisbo de luz, era aprovechado por la aviación enemiga para bombardear edificios estratégicos. Y todo aquel que persistiera en tener la luz encendida podía ser acusado de cómplice, espía o traidor. Una noche, la joven sirvienta dejó la luz encendida el tiempo suficiente como para despertar sospechas. La casa era vigilada porque su jefe había sido sorprendido en un mitin de derechas en el cercano teatro Monumental y además su pasado estaba ligado al burgués empresario nada cercano a la II República. Parece ser que el dinero para instalarse como carnicero, procedía de su hermano que a su vez explotaba un doble negocio de carnes y de prostitución. La ex novia puso la guinda al cóctel explosivo. Acompañados por la portera, una patrulla de milicianos, subieron al piso principal y solicitaron información de la persona que había encendido la luz en la habitación de tal balcón. Acto seguido obligaron a vestirse a la criada de la casa y la pidieron la documentación de estar afiliada a algún sindicato. Su jefe disculpaba a su empleada argumentando que la dejación y el abandono eran culpa suya. Había pensado hacerlo, pero había hecho dejación. Después de mucho discutir, la portera a modo de portavoz, dijo a la muy asustada doncella que podía irse a la cama. El pánico era compartido por todos los presentes porque el destino de esas personas que sacaban por la noche, tenía un destino común. La checa más próxima ubicada en la calle del Ave María.

Volviendo al frente que retrocedía de Teruel hacia Cataluña, mi padre vivió una secuencia que está llena de matices y sobre todo de contrastes, entre la personalidad de aquel que iba a ser mi padre y el ambiente de una guerra entre hermanos. Me contó que un día se encontraba en el puesto de guardia en un destacamento de intendencia y que se produjo un bombardeo de la aviación nacional. Mi padre se quedó inmóvil, preso de un ataque de pánico, y tan solo los reflejos de conservación le llevaron a cobijarse debajo de una mesa situada próxima al puesto de guardia. Solo se le ocurrió meterse en la boca o morder un embudo que había servido para distribuir aceite y así amortizar la honda expansiva de la explosión. Cuando el efecto del bombardeo terminó y volvieron a la plaza los milicianos, el comisario, tomó por el brazo a mi padre, lo subió sobre la mesa exclamando toda clase de alabanzas y albricias, sobre el valor de aquel miliciano que resistió a la aviación, defendiendo su puesto de defensa y su fusil. Mi padre descubrió en aquel instante las palabras valentía, patria y el concepto de héroe. Los valores morales ya se los había enseñado otro comisario político, que al llegar a un pueblo, se acostaba con las mujeres que más le apetecían, casadas, solteras o viudas… y luego era un gran defensor de la república y el comunismo. Este conflicto estaba lleno de contradicciones trágicas y algunas pinceladas de humor hispano. Durante la noche y cuando cesaban los bombardeos, se establecía un intercambio de mensajes como éste: “Los unos con Dios y los otros sin Dios, hemos armado una que no lo entiende ni Dios”. 

En otra ocasión estando reunidos con el mismo comisario, en una tercera planta, éste estaba narrando el caso del bombardeo, donde a mi padre se le reconoció un valor que no tenía, comenzó una vez más a bombardear la aviación enemiga y el mismo y pertinaz comisario volvía a decir: ¡Tranquilos que esto pasará! Y cuando se quisieron dar cuenta estaban todos rodando entre los cascotes del edificio hasta la calle. Allí volvió a ceñirse sobre mi padre la amenaza de ser un héroe de guerra. A su lado había un obús sin explotar clavado en el suelo. Aunque le atribuyeron la heroicidad de haberse salvado, él estaba convencido de que esta bomba pertenecía a otro bombardeo, que en su día no estalló. 

Otra anécdota que he tardado mucho en conocer, fue el corte de la arteria femoral, que él mismo se hizo descuartizando una vaca, al escapársele el cuchillo. Esto sucedió en la retaguardia del frente y en retirada ya muy cerca de Figueres. Una reacción rápida y acertada de una enfermera, le libró de una hemorragia mortal. 

Cuando se produjo el corte de Cataluña por las tropas nacionales, durante las 24 horas del día permitían el paso libre para que los milicianos que lo desearan, pudieran atravesar la frontera y pasar a Francia por Portbou. Mi padre abandonando una mula con la carga de la intendencia en la frontera, llegó a Francia, junto a miles y miles de españoles que habían luchado voluntarios o por imposición al lado de la República.

Según fue testigo mi padre, su paso por Barcelona se produjo a las dos de la mañana, la ciudad estaba llena de barricadas y al día siguiente fue tomada por los nacionales. Los catalanes, en aquellos momentos ya no pudieron defender el Ebro y tenían suficiente con que les bombardearan el puerto de Barcelona. 

En los campos de concentración de San Ciprián y Barcarés, estos derrotados, fueron acogidos por la República Francesa. Allí permaneció mi padre durante nueve meses. No es fácil tipificar en calidad de qué estaban en aquel lugar: Refugiados, exiliados, presos, inmigrantes, huidos… Sólo percibían que sus anfitriones forzosos, les protegían o custodiaban por guardias senegaleses. Que por supuesto no se trataba de ninguna guardia pretoriana, ni mucho menos. Mi padre sintió en sus carnes la misma defensa, ayuda y protección, que el país vecino dispensó a la II República Española. En el campo de concentración, estaban organizados entre ellos mismos para la gestión de los servicios de cocina, distribución de comidas, limpieza de letrinas y demás intendencia. Esto daba una idea del abandono otorgado por sus vecinos. Una prueba del trato recibido, es la oferta que les hicieron de puestos de trabajo con ocasión de la temporada de la vendimia. Por el hecho de estar en esa situación no tuvieron escrúpulos de pagarles la mitad del jornal que a sus compatriotas. Setenta francos de la época ganaban los franceses y treinta y cinco francos los españoles. Considerando que, en el caso de mi padre, venía de ser labrador en su pueblo y el trabajo de vendimiar y de elaborar vino para uso doméstico, ningún patrono francés, le tenía que enseñar nada. Mi padre se negó argumentando que venía de librar una guerra entre españoles, y que al menos por su parte, había defendido los valores contrarios a los que ahora pretendían hacer los franceses con ellos. De forma más campechana: ¡Para eso no se había organizado este follón en España! 

Más adelante contaba que habían sido visitados en el campo de concentración, el día 14 de Julio fiesta nacional francesa, por el general Petain. Este día, sí les dieron de comer muy bien. En este lugar improvisado sobre las arenas de la playa, probablemente en Argèles-sur-Mer, le dio tiempo para analizar su presente y pensar en su futuro. Cuando un compañero de su compañía regresaba a España, éste se ofreció de mensajero para hacer llegar a su pueblo las novedades que deseara y no dudó en transmitir a su madre, que no pensaba volver a España porque temía que fueran a tomar represalias contra él. Su idea era viajar a América. Argentina o Méjico. Enseguida se le cerro la puerta de entrada, en Méjico el presidente Cárdenas ya “había tirado las llaves al mar”. Además éste país había amparado a intelectuales, catedráticos, escritores, políticos y ciudadanos de carrera universitaria, perdedores de la guerra y huidos de la represión franquista. El exilio hacia Méjico, era un éxodo de lujo. Pero para los obreros sólo restaba tomar un barco hacia la Argentina, con un pasaje costeado por un familiar que ya estuviera instalado allí. Mi padre, no tenía dinero y tampoco padrino alguno que pudiera ayudarle.

Pasando el tiempo iba acariciando la idea de volver a España. Esperó a tener la seguridad, con todas las reservas que proporcionaba la situación tanto en Europa como en España, de que una vez en Madrid o en Yunquera, nadie presentaría ningún cargo contra él. Un aval firmado por tres “hombres buenos”: Su padrastro, un hermano de éste y un tercero ajeno a la familia, todos del pueblo, hicieron posible la documentación exigida para su regreso. Su jefe y tío, casado con una hermana de su padrastro, rehusó firmar aquella acreditación de buena conducta y sin antecedentes. 

Pero antes de regresar a España, visitaron el campo de concentración militares ingleses y les regalaron una especie de grandes camisas o camisones de franela blanca para mejor soportar el frío durante la noche. Aquellas prendas fueron tomadas por los españoles como improvisadas prendas litúrgicas. Revestidos de aquellas casullas, albas o hábitos penitenciales, fingieron celebrar procesiones y demás desfiles irreverentes; haciendo chanza y mofa del nacional catolicismo, que ya estaba plenamente instaurado en su país. Este camisón acompañó a mi padre en su viaje de regreso. Una vez en su poder el salvoconducto, sin mancha alguna en su ficha, emprendió el regreso hacia donde nunca debió salir. Al menos por estos nefastos acontecimientos, atravesando la frontera por Figueres. En esta ciudad catalana estuvo un día retenido en la plaza de toros, sin comer, hasta emprender el regreso a Madrid. 

Concretamente se tenía que presentar en Yunquera de Henares, el lugar donde había sido reclamado. No obstante, al llegar a Madrid, acudió a la casa donde había vivido y trabajado. El sereno avisó a sus tíos de que alguien ajeno a la casa, solicitaba que se le abriera la puerta. Para poder acceder al piso principal, primer piso situado sobre la tienda donde trabajaba. Una vez que el sereno abrió la puerta de la calle, mi padre accedió a la casa y tuvo que abrirle la puerta, en calidad de sirvienta, su antigua novia. Tan pronto como abrió la puerta y contempló que el improvisado huésped, era su antiguo novio, se encerró en su cuarto y rechazó todo saludo de bienvenida y cualquier relación con aquel, para ella, desconocido. Mantenía intacto el rencor por el abandono en el cual se había encontrado, negando a su antiguo novio cualquier oportunidad de explicación. Si no fuera el hijo de ambos quien escribe este relato, nadie podía pensar que aquella pareja de novios que saltó hecha añicos por los aires, pudiera tener arreglo. 

Seguidamente tuvo que hacer acto de presencia en el pueblo. Allí, aparentemente, todo fue fácil y sin ningún tipo de represalias. Sin embargo, mi padre, como si hubiera tomado un cuentagotas ha ido dejando caer en estos últimos años, anécdotas amargas y menos amargas. El pueblo le recibió como si nada hubiera pasado. Su falta de significación, ni en un sentido ni en otro, le sirvió para volver a ser aceptado y sin reclamarle culpabilidad alguna, venganza o represalia fratricida. Pero en su pueblo se encontró que sí se hacían notar aquellos que habían ganado la guerra. Los vencedores exhibían y ostentaban la bandera de la victoria en todos los acontecimientos del pueblo y en cualquier relación entre los vecinos por nimia que fuera. Uno de los vencedores al verle, no pudo reprimir su sorpresa y exhaló un exabrupto irónico, cargado de intenciones caínicas: Conque vienes de Francia, ¿eh? La frase lo decía todo. Recién llegado del exilio, había participado en la guerra en el lado de los republicanos y el malintencionado convecino, con los falangistas, debían de seguir siendo enemigos. Ahora el sorprendido soy yo de que hubiera quedado sólo en una frase, que se intuía como una amenaza velada. 

Vuelve a Madrid y sus ojos siguen puestos en la mujer que hasta el momento de partir para la guerra, era su novia. Pero aquella mujer seguía sin aceptar al recién llegado. El despecho que sentía hacia su ex novio, le impulsó a regalar a su hermano el jersey que estaba tricotando para él, cuando se produjo la ruptura. Pero vivían y trabajaban en la misma casa. A ella le asistía un carácter pertinaz y fácil de alterar y a él, un temperamento templado y muy paciente. Al fin, sin que ella diera su brazo a torcer con un explícito asentimiento, demoró el “sí quiero” ante el altar y aceptó casarse. Ambos viven un largo matrimonio donde han sido capaces de consumar el increíble ensamblado de dos almas tan diferentes. 

La boda se celebró en el pueblo de la novia, un dos de enero de 1944. Su viaje de Luna de Miel se llevó a cabo en El Escorial y a su regreso se instalan para vivir en Yunquera en el pueblo de mi padre, aunque él seguía trabajando en Madrid. Mi nacimiento el 29 de octubre de 1944 se produjo en la capital, regresando al pueblo y permaneciendo allí hasta la adolescencia. 

Las circunstancias de la guerra obligaron a mi padre a volver a trabajar en su casa. Los hermanos de madre del segundo matrimonio de mi abuela paterna, aún eran muy pequeños. Uno de sus dos hermanos mayores de las primeras nupcias, se encontraba haciendo el largo servicio militar en el ejército vencedor. Su participación en la guerra con los republicanos, no le eximía de repetir la mili. Más tarde el otro hermano se enroló voluntario en la División Azul. Mi padre se convirtió en el garante de la continuidad de la casa de labranza. 

Pero cuando el tiempo parecía que iba sepultando aquella época negra de su exilio en Francia, apareció el famoso camisón blanco de franela, regalo del ejército británico. Y héteme aquí que, mi madre lo despiezó y confeccionó varias prendas de abrigo para su primogénito, es decir, para mí. No hace mucho tiempo que mi padre, me dio a conocer el destino de aquella prenda. Como ha sucedido a lo largo de esta pincelada biográfica. Pasaba el tiempo y lejos de curar las heridas de la guerra, mi padre era testigo, como el resto de los vecinos del pueblo, de la continuación del odio entre los vencedores y vencidos. Algunas mujeres tachadas de rojas les hacían cortar el pelo y tomar aceite de ricino. Sobre esto último pude sentir, como experiencia propia lo que suponía una purga con ese aceite, porque cuando era niño, nos purgaban de esa atroz manera, aunque después nos daban una cucharada de azúcar. Azúcar que no creo que dieran a las mujeres purgadas. Los paisanos conversos del nuevo régimen, ocupaban los puestos paradójicos de Juez de Paz, Correos, Corporación Municipal, la Acción Católica y por supuesto el cura, la Guardia Civil y los maestros, eran los guardianes del nuevo orden. Mi padre mostró con sus hijos una discreción exquisita. Jamás se significó en un lugar, ni en el contrario. Tuvo la positiva habilidad del hombre justo y prudente. No transmitió odio ni rencor. Y me consta que sufrió mucho pero supo darnos seguridad y al mismo tiempo nos dejó libertad para optar por todo menos por la revancha. Prefiero que haya sido parco en contarme lo que era evidente y sin embargo, agradezco que me haya regalado un solo lienzo con escasas pinceladas impresionistas, pero suficientes para descubrir el hallazgo del hombre cabal que siempre intuía que estaba dentro de él. Un hombre que aunque pequeño de estatura, digno de apodarse el grande por sus hechos. 

Me enorgullezco en pertenecer todavía a las generaciones que a nuestros progenitores les hemos llamado siempre padre. Como hijo, no encuentro otra palabra más preñada de significado para mí. 

Pedro Taracena Gil








EPITAFIO:

Mi padre, gran jugador de ajedrez, siempre plantó cara a la muerte, pero tarde o temprano, sobre el tablero de la vida, el jaque mate final es patrimonio de la dama de las tinieblas. Aunque no lo tuvo fácil. Las últimas jornadas de mi padre agonizando, me hicieron recordar el concepto que sobre la palabra agonía, tenía Miguel de Unamuno. El ser humano que se encuentra agonizando, no está acabando, sino que está luchando contra la muerte, apostando por la vida. Pero en el ring de su lecho, la muerte le venció por KO, aunque él la hubiera ganado por puntos. Desde la mañana del sábado 19 de Mayo de 2007, siete días después de su muerte, sus cenizas descansan a los pies de un enebro; fundiéndose con el sudor de sus años de labrador, en esas mismas tierras. Al olor del cantueso y el tomillo. El campo teñido del blanco, amarillo y verde de la jara. En el monte del pueblo que le vio nacer, Yunquera de Henares, Dama de la Campiña. Ah, el día anterior a su muerte atrapado de su enajenación mental, aún se permitió evocar a Calderón: “…y los sueños, sueños son”. Ese fue su testamento.








EL ÁLBUM DEL EXILIO









Editor: Pedro Taracena


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